Parte de la industria vinícola española sigue jugando al cortoplacismo
Todavía hay gente, poca afortunadamente, que se pregunta cómo es posible que marcas como Coca-Cola, por ejemplo, sigan anunciándose en televisión y radio y pagando páginas de publicidad en periódicos y revistas de máxima difusión, amén de sitios de i
Viene esta reflexión al pelo de algunas industrias vitivinícolas españolas que se pasan llorando siete de cada diez años y en aquellos en los que consiguen buenos precios para sus productos y contactos comerciales se olvidan de fidelizarlos. Al contrario de lo que hace Coca-Cola y algunas marcas punteras más, estas empresas acuden a ferias o publicitan su oferta cuando corren las adversidades y si un año les va bien se olvidan de ello. Y así les luce el pelo.
La corta cosecha de vino que el pasado año aquejó a Francia e Italia, entre otros países, ha servido para que el vino español, especialmente el granel, brille por su ausencia, excepto algunas partidas que bodegas y cooperativas guardan como oro en paño para intentar dar el sablazo de final de campaña, si llegan a tiempo claro está. En estas circunstancias, muchas de ellas han hecho el agosto y han decidido que, puesto que tienen poco que vender o simplemente han decidido guardar parte de su producción para especular con ella, no merece la pena ir a ferias, publicitar su oferta y mantener el contacto con los clientes que han conseguido, especialmente en el exterior.
Y se ufanan de hacerlo así, ya que no van a gastar (llaman gasto a la inversión, craso error) dinero en acciones de mercadotecnia cuando tienen todo vendido. Y puede ocurrir, bien este año o el que viene, que la cosecha sea monumental y la demanda flojee. Entonces, claro, viene el crujir de dientes y les sale la vena pedigüeña para que sea Santa Administración Cazavotos quien les saque las castañas del fuego. Hablan de destilación de crisis, de intervención especial dada la situación, pero poco de su falta de fidelidad hacia los clientes de años anteriores…
Buena parte de culpa la tienen ellos, sin duda la mayor, pero no le va a la zaga esa Administración que se pasó 30 años hablando de que nuestra asignatura pendiente es la comercialización y otros 30 años más, casi 40, aludiendo a que la unión de cooperativas era la panacea. Desde que el ínclito Carlos Romero reconvirtiera al socialismo a buena parte de la ralea franquista a base de subvenciones, poco ha cambiado el discurso. Y ahí tenemos a las Administraciones actuales central y autonómicas con la misma cantinela y parecidos resultados.
Mientras las empresas vitivinícolas españolas sigan jugando al cortoplacismo especulativo y no a sembrar a futuro para recoger sus frutos año a año, más cuando las circunstancias son favorables y menos cuando no lo son, poco o nada podemos esperar de una parte del empresariado que se empeña en reglamentos absurdos e ineficaces, como se ha demostrado con la desaparición de las subvenciones a destilaciones de todos los colores y maneras, que únicamente beneficiaba a la competencia de los productores del Nuevo Mundo.
Y es que cómo acertadamente asegura el gurú de la viticultura mundial Richard Smart, con la ironía anglosajona que le caracteriza, AOC no son siglas que signifiquen Denominación de Origen sino “Australian Oportunities Comerce”. No le falta razón al estudioso de Tasmania. Y así nos va a los demás.

Periodista. Miembro de AEPEV y FIJEV
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