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La Organización Mundial de la Salud apuesta por resucitar la “Ley Seca”

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Las patronales europeas del vino han apostado desde hace tiempo por una política de sensibilización que transmita a la sociedad los valores culturales

Aunque la vicepresidenta económica del Gobierno, Elena Salgado, no tuvo suerte a la hora de ser elegida presidenta de la Organización Mundial de la Salud (OMS), tal y como pretendía cuando se encontraba al frente del Ministerio de Sanidad y Consumo, la dirección de este ente se encuentra en “buenas manos” a la hora de ejercer una política prohibicionista de inspiración talibán, que va a terminar teniendo los efectos contrarios a lo que pretende.

Lejos de ejercer una política educativa que permita a los ciudadanos ejercer su derecho al consumo responsable de alcohol, que en el caso del vino es, además, por ley un alimento en España, ha optado como las autoridades norteamericanas de la época de la gran depresión por proponer medidas tendentes a establecer una “Ley Seca” como la que dio origen al aumento de la delincuencia y al manejo del mercado del alcohol por parte de la mafia.

Las patronales europeas del vino, entre ellas la Federación Española del Vino (FEV), con Pau Roca como secretario general a la cabeza, han apostado desde hace tiempo por una política de sensibilización que transmita a la sociedad los valores culturales del vino para que se consuma de una forma responsable, huyendo en todo momento de políticas prohibicionistas que lo único que consiguen es lo contrario de lo que se desea.

Es lícito y recomendable que las autoridades extremen las precauciones, y las sanciones, además, para evitar que la gente conduzca con exceso de alcohol, pero sí nos duele que se eche la culpa en los anuncios publicitarios a la cerveza y el vino de ser los causantes de todos los accidentes que se producen en España como si el güisqui, el vodka, el ron, el coñac, la cocaína, la heroína, la marihuana, las anfetaminas o el LSD no tuvieran ningún efecto pernicioso para la salud…¡Olé don Pere Navarro! Y es que, sin demagogia, va a resultar que con 16 años una chica puede abortar sin consentimiento paterno y, con consentimiento o sin él, no se puede beber una copa de vino o fumarse un cigarro.

La OMS, que debe estar compuesta por grandes expertos en economía, hace hincapié en su documento, centrado sobre todo en prohibiciones y restricciones como si fuera dirigido a los países musulmanes de orientación wahabí, en implantar estrictos controles administrativos de la actividad comercial y aboga por otorgar al alcohol, sin distinciones, la categoría de producto especial por su propiedad de generar dependencia y por los daños que provoca en la salud pública. Toda una declaración de intenciones realizada en Ginebra por unos sesudos burócratas especialmente bien pagados y no por un “mullah” de Kandahar, como podría parecer a primera vista.

Si la mayoría de los productos con alcohol son de elaboración nacional, tal y como señala la FEV, sería del género tonto pensar que las restricciones al comercio internacional reducirían los problemas de salud pública derivados del abuso de alcohol. Lo que provocaría, por el contrario, es la aparición del contrabando, con el consiguiente perjuicio para las distintas arcas públicas, y un riesgo sanitario añadido por falta de control.

La perversión del lenguaje de la OMS, similar al utilizado por el abstemio Nicolás Sarkozy y su sanísima esposa, así como por nuestra aspirante a Premio Nobel de Economía, Elena Salgado, hace que el término alcohol se extienda de forma indiscriminada a todo tipo de bebidas y que se hable de la industria del alcohol con idéntica mala leche que si nos refiriéramos al sector del colesterol o del ácido úrico cuando quisiéramos hablar de las industrias cárnicas o lácteas.

Seamos serios. Defendamos un producto que en nuestro país, pese a algunos políticos, tiene la consideración de alimento y parte esencial de la elogiada dieta mediterránea, y frenemos los prohibicionismos que algunos, aunque intenten disimularlo, heredaron genética y sociológicamente de los cuarenta años de dictadura. Aunque se llamen demócratas.

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