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Michel Rolland, el “flying winemaker” que revolucionó el vino

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Un adiós a la estrella fugaz que cambió la industria vitivinícola global

El mundo del vino despidió el pasado 20 de marzo a una de sus figuras más influyentes. Michel Rolland, el enólogo francés que redefinió los estándares de calidad en ambos lados del Atlántico, falleció a los 78 años en Burdeos víctima de un infarto fulminante. Su legado, sin embargo, permanece intacto en los más de 200 proyectos que asesoró y en el recuerdo de quienes lo conocieron como un hombre apasionado, generoso y con una energía desbordante.

Su equipo lo despidió con una metáfora que refleja su carácter: “partir como una estrella fugaz”. Porque eso fue Michel Rolland: una luz intensa que atravesó la industria del vino durante más de cinco décadas, dejando una huella imborrable especialmente en Francia, su tierra natal, y en Argentina, el país que eligió como su segunda casa.

El “flying winemaker”: el arquetipo de una nueva profesión

Rolland no fue simplemente un enólogo. Fue la encarnación del “flying winemaker” o “winemaker volador”, un término que define a aquellos consultores que viajan por el mundo asesorando bodegas en diferentes continentes. Nacido en 1947 en Libourne, en el corazón de Pomerol, creció entre viñedos familiares y se formó en la Facultad de Enología de Burdeos, donde conoció a quien sería su compañera de vida y trabajo, Dany Rolland.

Su carrera como consultor despegó en los años 70 en el Bordelais, pero pronto expandió su actividad a nivel internacional. Llegó a trabajar en más de 20 países, desde California hasta China, pasando por India, Sudáfrica y Marruecos. Su laboratorio en Pomerol, “Rolland & Associés”, llegó a prestar servicios a más de 400 bodegas en todo el mundo.

Lo que hizo único a Rolland fue su capacidad para combinar ciencia y sensibilidad. Degustaba alrededor de 40.000 vinos al año, y su opinión era una de las más respetadas de la industria. Su estilo —vinos de fruta madura, con taninos suaves y presencia de barrica— se convirtió en un sello reconocible que muchos intentaron imitar y que otros criticaron por considerarlo homogeneizador.

Francia: el “gurú del vino” y el “Spielberg del vino”

En su país natal, Rolland alcanzó un estatus de celebridad poco común para un enólogo. La prensa francesa le otorgó varios apodos que dan cuenta de su influencia: “le gourou du vin” (el gurú del vino), título de su libro publicado en 2012, y “Spielberg du vin” (el Spielberg del vino), un calificativo que le asignó el cineasta Jonathan Nossiter en el polémico documental Mondovino (2004).

Su relación con el crítico estadounidense Robert Parker fue clave para la internacionalización de los vinos de Burdeos. Rolland nunca ocultó su admiración por Parker, llegando a afirmar que Burdeos “debería erigirle una estatua o bautizar una plaza con su nombre”. Juntos contribuyeron a popularizar un estilo de vino concentrado, potente y con marcada influencia de roble.

Su influencia en Burdeos fue masiva. Llegó a asesorar o poseer participaciones en decenas de los châteaux más prestigiosos de la región: Angélus, Ausone, Pavie, Pape Clément, Smith Haut Lafitte, Lascombes, Léoville-Poyferré y un largo etcétera que incluye algunas de las propiedades más codiciadas de Pomerol y Saint-Émilion.

Sin embargo, su éxito también generó controversia. En Mondovino, Nossiter lo presentó como un símbolo de la globalización y estandarización del gusto. Rolland respondía con ironía a sus críticos: cuando le decían que sus vinos se parecían en distintas partes del mundo, simplemente contestaba que “son malos catadores”. Y sobre Nossiter, llegó a calificarlo de “jansenista altermundialista”.

Argentina: el país que lo adoptó como una “rock star”

Si en Francia Rolland era respetado, en Argentina fue prácticamente adorado. “Para los argentinos, Michel Rolland es una rock star”, afirmaba Ramiro Barrios, gerente general de Clos de los Siete, en una entrevista con Le Figaro. No era una exageración: en Buenos Aires o Mendoza, si Rolland aparecía en un evento, cien personas hacían fila para pedirle un autógrafo.

Su historia con Argentina comenzó en 1988, cuando el bodeguero Arnaldo Etchart lo invitó a Cafayate, Salta. Su primera impresión no fue halagüeña. En una entrevista con La Nación, recordaba aquella cata inicial: “Mi mujer probó los vinos y me miró como diciendo ‘¿Te gusta eso? ¿Te volviste loco?’ Y la verdad es que el vino no era bueno, ¡pero era el vino más vendido en Argentina!”.

Pero lejos de desanimarse, Rolland vio un potencial inmenso. Detectó que el principal problema estaba en el viñedo y en la falta de convicción exportadora. Y encontró una uva que, según él, sería la carta de triunfo del país: el Malbec.

El rescatador del Malbec

A fines de los 80 y principios de los 90, el Malbec estaba en retirada. Los viticultores argentinos arrancaban sus viñas porque la variedad era menos productiva que otras y, por tanto, menos rentable. De 50.000 hectáreas en 1970, el Malbec había caído a apenas 9.000 en los 90.

Rolland fue contundente: “Les dije: ‘por favor, ¡guarden sus Malbec! Esa era la carta que Argentina tenía que jugar’”. Su mensaje caló. Hoy, el Malbec ocupa el 41,5% de la superficie de cepas tintas del país, con 47.000 hectáreas. Para el sommelier Fabricio Portelli, “Rolland apostó por el Malbec mucho más que algunos de acá. Él creyó más que nadie en el Malbec”.

Clos de los Siete: un sueño de 850 hectáreas

El proyecto más ambicioso de Rolland en Argentina nació casi por casualidad. En el Valle de Uco, a más de 1.000 metros de altura, encontró un terreno que consideraba ideal. Quería comprar entre 80 y 100 hectáreas, pero el dueño le puso una condición: solo vendería si adquiría la totalidad de la finca: 850 hectáreas.

Lejos de rendirse, Rolland regresó a Francia y reunió a seis socios, todos amigos vinculados al mundo del vino. Así nació en 1999 Clos de los Siete, un emprendimiento único que hoy agrupa siete bodegas —entre ellas la suya propia, Bodega Rolland— y produce más de un millón de botellas al año que se exportan a más de 70 países.

El proyecto no solo transformó el Valle de Uco, sino que cambió la forma en que el mundo miraba al vino argentino. Como explicaba Rolland en una entrevista con Infobae, su sueño era “crear un vino de 20 dólares que se venda en todo el mundo”.

El estilo Rolland: técnica, pasión y controversia

El sello de Michel Rolland siempre generó debate. Sus vinos se caracterizan por:

· Frutas maduras y concentración
· Taninos suaves y redondos
· Influencia de barrica nueva (roble)
· Buscaban el máximo potencial de guarda

Pero para él, la discusión era simple. “El vino no es complicado de hacer, pero lo que más cuesta son los primeros 100 años”, solía decir. Y defendía su estilo con una certeza absoluta: la calidad no era incompatible con la identidad. “Él siempre fue un gran creyente de que el vino nace en el viñedo”, destacó Portelli.

Con el tiempo, su estilo fue evolucionando. “Él también estaba buscando su mejor expresión, pero nunca cambió su estilo sino que lo fue afinando”, explicó el sommelier argentino. Y el tiempo le dio la razón: cuando se prueban aquellos primeros Clos de los Siete de 2002, “el vino está totalmente vivo”.

El legado familiar: Dany, sus hijas y nietos

Detrás del mito público había una familia profundamente ligada al vino. Rolland conoció a Dany, también enóloga, en la facultad de Burdeos, y juntos construyeron no solo una vida sino también un imperio profesional. Mientras Michel era la figura pública, Dany aportaba el rigor técnico y la sensibilidad en los ensamblajes.

Sus hijas, Stéphanie y Marie, se sumaron al negocio familiar. Stéphanie lleva dos décadas al frente de la gestión y administración, mientras que Marie maneja el marketing y la comunicación. Y la tercera generación ya asoma: los nietos Arthur, Theo y Rafael heredaron la pasión familiar.

Un adiós que deja un vacío inmenso

La noticia de su muerte conmocionó a la industria vitivinícola de ambos países. Sus allegados lo definieron como un hombre que “aún estaba lleno de energía, proyectos, planes de viaje”, y que probablemente su corazón “se vio abrumado por esa vida ajetreada que tanto amaba, por sus 55 años de arduo trabajo, sus viajes a todas las latitudes del mundo, su lado pasional y su vida de bon vivant”.

En Argentina, el impacto fue especialmente profundo. “Hay un vino argentino antes y después de Michel Rolland”, resumió Alejandro Iglesias, sommelier de Club Bonvivir. “Fue decisivo para su proyección internacional y un defensor apasionado de Argentina, un país que eligió y ayudó a contar. Fue mucho más que un gran enólogo, se convirtió en un embajador comprometido y generoso con Argentina”.

Fabricio Portelli coincidió: “A la distancia vamos a empezar a entender que su legado es mucho más grande del que creemos en la actualidad”.

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