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OIV: Más ágil y mucho por hacer

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La agilidad es difícil en un organismo intergubernamental que sigue el procedimiento de adopción de resoluciones en ocho etapas.

La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), que preside el francés Yves Bénard, y dirige el italiano Federico Castellucci, ha cambiado en los últimos años su fama de ente burocrático creado por los gobiernos para entretener a funcionarios, investigadores y sus familias con congresos y excursiones por los diferentes rincones del mundo. Sin embargo, su agilidad y cintura, a la hora de la toma de decisiones, continúa estando más cerca del baile del elefante que del salto del lince.

El propio Castellucci, en una entrevista concedida a El Correo del Vino, reconoce que la agilidad es difícil en un organismo intergubernamental que sigue el procedimiento de adopción de resoluciones en ocho etapas. Desde que a mediados de los años 90, el español Pau Roca, intentara, desgraciadamente con escaso éxito, su asalto a la Dirección General en la Asamblea celebrada en Ciudad El Cabo (Sudáfrica), la organización ha cambiado mucho en su acercamiento a los problemas reales del sector del vino y se ha aproximado, al menos un poco, al mundo del mercado, lo cual debe considerarse un éxito.

El tándem formado por Castellucci y Bénard cuenta ahora con el español Ignacio Sánchez Recarte, doctor ingeniero agrónomo, como importante refuerzo desde la Jefatura de Unidad de Economía y Derecho y su trabajo se ha notado especialmente en los cinco años que lleva en el organigrama de la OIV. Este nombramiento ha servido para que la presencia de este organismo internacional sea más importante en los foros internacionales y, sobre todo, para que la información de que disponen, especialmente la concerniente a coyuntura del sector, se distribuya ampliamente a los medios de comunicación.

En este sentido, no hay que olvidar que en la pasada década, sin ir más lejos, la información generada por la OIV se guisaba y se cocinaba en casa y se servía con cuentagotas y desconfianza a los medios de comunicación, con lo que se impedía dar a conocer qué hacía un organismo creado y pagado desde estancias gubernamentales para ayudar al mundo del vino y, de paso, quedaba ajeno a una parte tan importante para el sector como es el comercio exterior y las estadísticas fiables de producciones y elaboraciones de cada uno de los capítulos.

Hoy, los informes de coyuntura de la OIV son serios y rigurosos, han aumentado su actualidad como no podía ser de otra forma en la era de las nuevas tecnologías y han conseguido acercarse, al menos un poco, al mundo del comercio internacional, hecho al que ha ayudado significativamente la perfecta sincronización con que juega el dúo Bénard-Castellucci.

Castellucci, lejos de sus predecesores, ha imprimido también más ritmo a las declaraciones públicas. Lejos de rehuir su opinión sobre asuntos espinosos como la crisis, nuevas prácticas enológicas o políticas prohibicionistas, el empresario italiano responde con decisión y sabe nadar y guardar la ropa cuando las respuestas pueden ser complejas, o incluso incómodas, para algunas Administraciones Públicas, especialmente las de la Unión Europea. En este sentido, es valiente su posición sobre el rol cultural del vino cuando asevera que este producto, además de alcohol, es también cultura, cultura del gusto y la moderación.

Cree también que esa cultura de la moderación debe hacer que el incremento del consumo se produzca por el crecimiento de mercados que en estos momentos apenas consumen vino y desean hacerlo, en vez de por la mayor ingesta individual. Y se muestra optimista de que mercados emergentes como China, India o Corea del Sur puedan ser importantes referentes de consumo en un futuro cercano.

El código de buenas prácticas en el transporte del vino a granel es una de sus criaturas más importantes. Tras asegurar que los vinos a granel, que son una importante realidad del sector, han mejorado sus condiciones de producción, transporte y exportación, Castellucci impulsa, con sus declaraciones, que se produzca un aumento del comercio de uno de los más importantes componentes del sector del vino, el más importante en volumen, y una mayor transparencia de estas operaciones, que van a redundar en beneficio del grueso del sector.

Y no cierra los ojos a los nuevos nichos de mercado que se abren con la desalcoholización total o parcial de los vinos, aunque advierte que habrá que consensuar nombre y modelo de este tipo de productos, que con la actual legislación difícilmente podrían llamarse vinos al encontrarse su graduación por debajo de la considerada por la OIV.

Una agilización de los trámites burocráticos a la hora de avalar concursos internacionales de vino o amparar ferias especializadas, así como un mayor acercamiento a la realidad del mercado harán, sin duda, de la OIV un organismo más cercano a los Gobiernos que forman parte de él y al conjunto de los ciudadanos que conforman el sector del vino como consumidores. El camino, al menos, ya se ha iniciado.

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