¿Hay vida después de la crisis?
Cuando los stocks abandonen su nicho y la oferta vuelva a ser más racional, las bodegas y las cooperativas tendrán que prepararse para vender los productos que el consumidor demanda. Y es en esa apuesta, firme y decidida, donde se va a dar la gran ba
El cierre de muchas bodegas y cooperativas españoles y el concurso de acreedores de otras tantas han puesto en cuestión el futuro de un sector muy arraigado en España, pero sobre el que se ciernen bastantes interrogantes y un futuro gris, casi negro, a corto plazo, ya que las ventas, eso es innegable, han caído estrepitosamente y, en el mejor de los casos, ha retrocedido el precio medio de las operaciones.
Tras varios años de subida en las ventas en los mercados exteriores, el año 2009 ha significado un claro freno a la expansión exterior de los vinos españoles, tanto en volumen como en valor, nada distinto a lo acontecido en otros países productores de la Vieja Europa como Francia o Italia o incluso en algunos del Nuevo Mundo como Australia. En este mercado loco a la baja, sólo Chile ha sabido situarse en la cresta de la ola merced a su competitividad, pero también con una caída de los precios medios.
Los vinos a granel españoles, tras un año espectacular en 2008 que frenó la caída año tras año de sus ventas, volvieron de nuevo al pozo con menos ventas y a peor precio medio. Si bien es cierto que este segmento ha ganado competitividad merced a una mejor elaboración y a una mayor productividad, la realidad es que el precio de la uva, con gran repercusión en las economías de los viticultores del conjunto de la España rural, se ha estrellado estrepitosamente y ha arrastrado muchas economías familiares, golpe del que se han resentido muchas cooperativas y el conjunto de la economía de esas localidades, dependientes en exceso de los ingresos por la venta de la uva.
Dicen los expertos que la estructura y la situación financiera de muchas cooperativas era inviable desde hace muchos años y que su sostén se debía, en gran medida, a las subvenciones de las distintas administraciones que hicieron de estos centros un importante vivero de votos en las distintas convocatorias electorales. Esa aseveración, falsa en algunos casos pero cierta en otros muchos, ha llevado al cierre a algunas de ellas como consecuencia de la actual situación. Otras, que han visto venir el lobo con cierta antelación, han acelerado su fusión para crear grupos más fuertes, con una estructura bien planificada, con importante ahorro de costes y con un equipo económico preparado para la venta de sus productos.
En el lado de las bodegas, muchas se crearon al calor del dinero que generó la construcción en los últimos años y más como signo de distinción social que como negocio a largo plazo y para el que es necesaria la paciencia que el ladrillo no tiene. Nada hay más antagónico en el mundo empresarial que una empresa constructora, con gran componente especulativo en muchos casos, y una empresa vitivinícola, que necesita muchos recursos y que sólo ofrece dividendos, cuando lo hace, a muy largo plazo. Así se explica que muchas bodegas cuyo origen estaba en el dinero del ladrillo hayan pegado el cerrojazo, mientras aquellas destinadas a ser un negocio, in illo tempore, intentan aguantar el tirón, con concurso de acreedores incluido si ello es necesario, hasta que arriben mejores tiempos.
Es bastante probable, o al menos nos gustaría creerlo a quienes amamos el sector del vino y todo lo que le rodea, que a la larga esta situación beneficie a quienes aguanten y que las estructuras de bodegas y cooperativas salgan beneficiadas del envite, pero mientras tanto quedan, al menos dos años, de dificultad, ya que las aguas, o mejor los vinos, necesitan volver a su cauce.
Por lo pronto, es necesario que el vino almacenado salga de las bodegas al precio que sea, algo que está ocurriendo y de forma sangrante no sólo en España o Italia sino también en Australia que vende a granel, y a un precio medio de 82 céntimos el litro, vinos que estaban destinados a situarse en el mercado en el entorno de los seis euros cuando menos.
Cuando los stocks abandonen su nicho y la oferta vuelva a ser más racional, las bodegas y las cooperativas tendrán que prepararse para vender los productos que el consumidor demanda que, en muchos casos, van a ser vinos mucho más baratos y frutales que los que hasta ahora inundaban los mercados. Y es en esa apuesta, firme y decidida, que combinará vinos a granel a la carta con vinos embotellados con un precio medio que oscilará entre los cuatro y los seis euros venta al público, donde se va a dar la gran batalla. Prepararse para ella es vital.

Periodista. Miembro de AEPEV y FIJEV
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