El vino se enfrenta a una crisis de modelo: producir más ya no garantiza vender mejor
El economista Kym Anderson advierte de que el excedente mundial, especialmente de tintos económicos, responde a un cambio estructural de la demanda.
Los últimos datos internacionales refuerzan la preocupación: el sector necesita adaptar su oferta a un consumidor que bebe menos y elige de otra manera.
El sector vitivinícola internacional lleva años buscando el momento en que el mercado recupere el equilibrio. Sin embargo, cada vez resulta más difícil interpretar las dificultades actuales como una simple fase de ajuste entre dos vendimias. El problema podría ser más profundo: el mundo del vino está produciendo para un consumidor que ha cambiado, mientras una parte importante de la industria continúa dependiendo de los volúmenes y las categorías comerciales que funcionaban en el pasado.
Esta es la principal advertencia que se desprende del reciente trabajo del economista Kym Anderson, de la Universidad de Adelaida, publicado en el Journal of Wine Economics, editado por Cambridge University Press. Su análisis, titulado Why the current global wine industry crisis?, plantea una cuestión incómoda para productores, cooperativas y grandes grupos: ¿y si el excedente acumulado no desapareciera con la siguiente recuperación del mercado porque la demanda que debía absorberlo ya no existe en las mismas condiciones?
La tesis merece atención, especialmente en países como España, donde la capacidad productiva, la importancia económica del viñedo y el peso de las exportaciones hacen que cualquier deterioro prolongado de los precios tenga consecuencias que van mucho más allá de las cuentas de las bodegas.
Un mercado que pierde consumidores y valor en sus categorías más vulnerables
La situación presenta una paradoja. El vino sigue siendo un producto de enorme relevancia cultural, gastronómica y económica, pero su posición dentro del mercado mundial de bebidas alcohólicas se ha debilitado durante décadas.
Anderson examina la evolución del consumo desde los años sesenta y constata que el vino ha perdido protagonismo frente a la cerveza y los destilados. Al mismo tiempo, las preferencias de los consumidores han ido desplazándose entre categorías, mientras el consumo total de alcohol también muestra signos de estancamiento y retroceso en numerosos mercados maduros. La consecuencia es especialmente delicada para los vinos que compiten fundamentalmente por precio.
Cuando un mercado crece, el aumento de la demanda puede absorber nuevas producciones y sostener las cotizaciones. Pero cuando el consumo se reduce, las existencias se acumulan y los operadores intentan dar salida a sus productos, la competencia se intensifica. En esas circunstancias, las referencias con menor diferenciación suelen disponer de menos herramientas para defender sus precios.
El resultado es un mercado en el que no todos los vinos sufren por igual. El problema se concentra especialmente en los tintos tranquilos de gama económica, mientras determinados vinos de mayor valor añadido encuentran más posibilidades de conservar su posición comercial.
No se trata de afirmar que todos los tintos estén en crisis ni que los blancos, rosados y espumosos tengan garantizado su crecimiento. La cuestión es que las distintas categorías están evolucionando de manera desigual y que una parte de la oferta mundial parece cada vez menos ajustada a las preferencias actuales.
La brecha entre el vino económico y el de mayor valor añadido
Uno de los aspectos más relevantes del análisis de Anderson es la creciente separación entre los segmentos comerciales. Los datos de IWSR que recoge el economista muestran que, entre 2013 y 2022, las ventas mundiales de vinos premium, definidos en el estudio por encima de los 10 dólares por botella, aumentaron su valor a un ritmo medio anual del 3,1%. En cambio, el valor de las ventas de vinos situados por debajo de ese umbral retrocedió un 2,2% anual.
El contraste entre Fresno y Napa, en California, o entre Riverland y Mornington, en Australia, ilustra que la ubicación, las características productivas y el posicionamiento comercial pueden determinar resultados muy distintos dentro de un mismo país.
La lección es importante: la recuperación del mercado no tiene por qué beneficiar por igual a todos los territorios ni a todas las explotaciones. En un escenario de exceso de oferta, esta diferencia puede determinar la viabilidad económica de una explotación.
La globalización amplió el mercado, pero también multiplicó la exposición al riesgo
La globalización amplió las oportunidades comerciales del vino y permitió a numerosos países aumentar sus exportaciones. Sin embargo, también hizo al sector más dependiente de la evolución del comercio internacional y de factores externos como los cambios en la demanda, las tensiones comerciales o los costes logísticos.
Las cifras recientes confirman que el ajuste sigue abierto
Los datos publicados por la Organización Internacional de la Viña y el Vino ofrecen una referencia especialmente útil para entender la dimensión del problema.
En su balance mundial de 2025, presentado en mayo de 2026, la OIV estimó el consumo global de vino en 208 millones de hectolitros, un 2,7% menos que en 2024 y el nivel más bajo desde 1957.
El comercio internacional tampoco escapó al deterioro. Las exportaciones mundiales descendieron un 4,7% en volumen, hasta los 94,8 millones de hectolitros, mientras que su valor cayó un 6,7%, hasta los 33.800 millones de euros. Son cifras que reflejan un mercado sometido simultáneamente a la debilidad de la demanda y a una mayor incertidumbre comercial.
La situación resulta particularmente significativa porque la producción mundial también atraviesa un periodo de cosechas reducidas. La estimación definitiva recogida por la OIV para 2025 situó la producción en torno a 227 millones de hectolitros, apenas por encima del mínimo histórico registrado en 2024.
Es decir, el desequilibrio no puede explicarse únicamente por una sucesión de grandes vendimias. Incluso con una producción mundial históricamente baja, el mercado continúa teniendo dificultades para absorber el vino disponible.
Aquí aparece una de las claves del diagnóstico de Anderson: reducir la producción anual puede contribuir a estabilizar el mercado, pero no garantiza por sí solo una recuperación duradera si la demanda continúa retrocediendo y siguen existiendo grandes volúmenes de existencias acumuladas.
Australia y California: cuando el excedente deja de ser una estadística
Los problemas de algunos grandes productores permiten observar cómo se materializa la crisis.
En Australia, el aumento de inventarios y la debilidad de la demanda siguen presionando al sector. En California, la retirada de miles de hectáreas de viñedo refleja que parte de la industria ha optado por reducir capacidad productiva para adaptarse a las nuevas condiciones del mercado.
España ante una crisis que no se resuelve únicamente con una buena cosecha
Para España, las conclusiones del estudio tienen una relevancia especial. El país cuenta con una amplia superficie de viñedo, una potente industria cooperativa y una fuerte orientación exportadora. Estas características han sido históricamente una ventaja competitiva, pero también pueden convertirse en un factor de vulnerabilidad cuando una parte importante del negocio depende de grandes volúmenes y de segmentos sensibles al precio.
En este contexto, el debate ya no gira únicamente en torno a cuánto vino puede producir el sector, sino a qué parte de esa producción encuentra una salida comercial rentable. La acumulación de existencias y la presión sobre los precios obligan a bodegas y cooperativas a diferenciar entre capacidad productiva y demanda efectiva, especialmente en aquellas empresas más expuestas al mercado del vino a granel.
La cuestión de fondo no es la calidad del vino español, sino la necesidad de adaptar la oferta a la evolución del consumo. Mantener el volumen puede resultar insuficiente si el mercado no es capaz de absorberlo en condiciones que garanticen la rentabilidad de productores y bodegas.
No todo se arregla vendiendo más barato
Ante un exceso de oferta, una respuesta habitual consiste en reducir los precios para intentar ganar cuota de mercado. Pero esa estrategia puede agravar el problema si los competidores reaccionan de la misma manera y la demanda total no aumenta.
La industria se enfrenta así a una dificultad que va más allá de la comercialización: necesita encontrar un equilibrio entre la capacidad productiva, las preferencias del consumidor y el valor que está dispuesta a pagar la distribución.
Esto no significa que todos los vinos deban orientarse hacia las gamas altas. Existe un mercado para los vinos económicos y seguirá habiéndolo. El reto es producirlos en cantidades compatibles con su demanda y con una estructura de costes que permita obtener una rentabilidad razonable.
Tampoco significa que las denominaciones de origen, las variedades tradicionales o las estrategias de diferenciación puedan resolver por sí solas cualquier exceso de oferta. Su utilidad depende de que exista una propuesta comercial reconocible y un público dispuesto a valorarla.
La diversificación de mercados, la revisión de los formatos, la adaptación a las preferencias de consumo y el desarrollo de productos con menor graduación alcohólica son algunas de las vías que explora la industria. Pero ninguna ofrece resultados automáticos ni inmediatos. El sector necesita, por tanto, combinar medidas comerciales con decisiones estructurales sobre la producción.
Arrancar viñedo puede ser parte de la solución, pero no la única
Anderson considera que una reducción de la superficie productiva puede resultar necesaria para restablecer el equilibrio. Sin embargo, el propio diagnóstico invita a reconocer los límites de esa estrategia.
Eliminar viñedos es un proceso lento. Las decisiones de arranque afectan a explotaciones, empleo rural, industrias auxiliares y economías locales. Además, la reducción de superficie en una región puede verse parcialmente compensada por el mantenimiento o la expansión productiva en otras.
La política vitivinícola también tendrá que distinguir entre territorios y modelos de negocio. No presenta la misma situación una explotación cuya rentabilidad depende de grandes volúmenes de vino indiferenciado que una bodega capaz de defender precios mediante su marca, su origen o la relación con sus clientes.
Por otra parte, una reducción indiscriminada de la capacidad podría generar problemas de abastecimiento si determinadas categorías recuperan demanda o si las condiciones climáticas reducen las cosechas en los próximos años.
El objetivo, por tanto, no debería ser producir menos por principio, sino ajustar la producción a las posibilidades comerciales de cada segmento y territorio.
Asia y África: oportunidades de futuro, no una salida inmediata
Asia y determinados mercados africanos presentan potencial de crecimiento a largo plazo, aunque difícilmente constituirán una solución inmediata para absorber los excedentes actuales del sector.
La verdadera cuestión es qué industria del vino queremos construir
El trabajo de Kym Anderson plantea un escenario que merece ser tomado en serio: el mercado mundial podría estar entrando en una etapa en la que las reglas económicas de las últimas décadas ya no sean suficientes para asegurar la rentabilidad del conjunto del sector.
La caída del consumo, la acumulación de existencias, las diferencias entre categorías y la presión sobre los precios indican que no bastará con esperar a una cosecha menor o a una recuperación puntual de las exportaciones.
El futuro dependerá, en buena medida, de la capacidad de la industria para adaptar su oferta, mejorar su posicionamiento comercial y reconocer que el mercado no necesita necesariamente todo el vino que sus instalaciones pueden producir.
Para España, la cuestión es especialmente importante. La fortaleza histórica del sector se ha apoyado en su capacidad de elaboración, su diversidad territorial y su presencia internacional. La siguiente etapa exige aprovechar esas ventajas sin confundir capacidad productiva con demanda efectiva.
La conclusión es incómoda, pero necesaria: el principal desafío del vino ya no es únicamente producir con calidad, sino conseguir que la producción tenga un mercado capaz de remunerarla.
Si el ajuste se aborda con planificación, diferenciación y una lectura realista del consumo, puede abrir la puerta a una industria más sostenible económicamente. Si se aplaza, el excedente corre el riesgo de seguir trasladándose de una campaña a otra, erosionando los precios y debilitando especialmente a quienes disponen de menos margen para adaptarse.

Redacción La Gaceta del Vino
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