REAL WOLF YA ESTÁ EN EL JARDÍN CELESTIAL
Un hombre que hizo del vino un lenguaje universal, de los concursos internacionales su pasión y de la amistad una forma de vida.
Sí, Real ya está en lo alto. Allí donde, seguramente, seguirá hablando de vinos, compartiendo experiencias y reuniéndose con tantos amigos que fue cosechando a lo largo de su vida. Porque Real Wolf era así: un hombre que no exaltaba los vinos de un solo país, sino que sabía reconocer, apreciar y celebrar los vinos del mundo entero. Para él, el vino no entendía de fronteras; era una cultura compartida que unía a las personas.
Real nació en 1958 en Montreal, en la provincia canadiense de Quebec. Estudió en la Universidad de Montreal, donde se formó en Administración de Empresas, y posteriormente amplió sus conocimientos en el ámbito del turismo, la hostelería y los vinos en el Instituto de Turismo y Hostelería de Quebec. Su curiosidad le llevó a profundizar en el conocimiento de los vinos y licores de todo el mundo, completando su formación con cursos especializados y estudios de degustación en Suze-la-Rousse, Francia. Allí continuó educando su paladar y desarrollando esa sensibilidad que después le permitiría desenvolverse con naturalidad en el exigente universo de la cata internacional.
En 1980 comenzó a trabajar en la Société des alcools du Québec (SAQ), la empresa pública responsable de la comercialización de bebidas alcohólicas en Quebec. En aquella organización asumió responsabilidades relacionadas con la creación y desarrollo de concursos de vinos, iniciando una trayectoria profesional que terminaría convirtiéndolo en una figura reconocida en el ámbito internacional de la evaluación vinícola.
Montreal, febrero de 1989: el comienzo de una gran amistad
No tuve la oportunidad de conocer personalmente a Real hasta 1989, cuando, al frente de un concurso internacional de vinos organizado por la SAQ, me invitó por primera vez a participar como jurado.
Así llegué a Montreal en febrero, en pleno invierno canadiense, con una experiencia que todavía hoy recuerdo con absoluta claridad. La ciudad estaba cubierta de nieve y el frío era mucho más intenso de lo que yo podía imaginar. Real me esperaba en el aeropuerto y, después de saludarme, me advirtió que con la ropa de invierno que llevaba no podría salir del hotel sin congelarme.
Tenía toda la razón. Aquella noche, antes de acostarme, comprobé que la temperatura exterior había descendido hasta los 21 grados bajo cero. A la mañana siguiente apareció con una buena parte de su propia ropa de abrigo para que yo pudiera protegerme del frío. Después, me acompañó a unos grandes almacenes para ayudarme a comprar todo aquello que él no podía prestarme.
Aquella anécdota, que podría parecer insignificante, decía mucho de su personalidad. Real era un hombre generoso, atento y profundamente humano, de los que ayudan sin esperar nada a cambio. Así fue mi primera experiencia en aquel concurso internacional y así comenzó una amistad que se prolongaría durante décadas.
Durante más de 25 años tuve el privilegio de acompañarlo como juez en los concursos que organizaba en nombre de la SAQ. Fueron muchos años de catas, deliberaciones, viajes y encuentros con profesionales procedentes de los principales países productores de vino.
También coincidimos en numerosos certámenes celebrados en los cinco continentes, donde compartíamos nuestra pasión por la cata y el respeto por el trabajo de los viticultores y elaboradores. Con el tiempo, aquella relación profesional se transformó en una amistad verdadera.
Real también viajó a Chile y estuvo en mi casa. Allí compartimos largas conversaciones sobre el vino, la vida y tantas otras cosas. Cuando mi español no le resultaba suficientemente claro o yo no terminaba de entender alguna expresión suya, recurríamos al francés o al inglés. Siempre encontrábamos la manera de entendernos.
¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuántos recuerdos y cuántas experiencias compartidas!
Un espíritu inquieto al servicio de los concursos internacionales
Real era, además, un gran deportista. Le encantaba montar en bicicleta y, durante sus vacaciones en Europa, no era extraño que viajara acompañado de ella. Tenía esa energía de las personas que necesitan descubrir nuevos lugares, conocer gente y mantenerse en movimiento.
Con los años, su experiencia le llevó a asesorar a distintas organizaciones en la creación y el desarrollo de concursos internacionales de vinos. Su conocimiento de los mercados, su capacidad organizativa y su comprensión de los criterios de evaluación le permitieron contribuir al crecimiento y la profesionalización de estas competiciones.
También desempeñó un papel importante en el ámbito de VINOFED, la Federación Mundial de Grandes Concursos Internacionales de Vinos y Espirituosos, organización que reúne certámenes de prestigio internacional y promueve criterios de calidad y rigor en sus evaluaciones.
Como miembro de VINOFED, Real participó en tareas de observación de concursos, velando por el cumplimiento de las normas y los procedimientos establecidos. Su trabajo contribuyó a reforzar la confianza en unos certámenes cuya credibilidad depende, precisamente, de la independencia, la transparencia y la seriedad de sus evaluaciones.
Para Real, un concurso no consistía simplemente en catar vinos y conceder medallas. Era también una oportunidad para establecer relaciones entre países, conocer nuevas regiones vitivinícolas y reconocer el esfuerzo de quienes trabajan cada día en la viña y en la bodega.
2020: un proyecto internacional y un nuevo capítulo en su vida
Pero Real todavía tenía nuevos proyectos en mente. Su pasión por el vino seguía intacta y su espíritu emprendedor le impulsaba a buscar nuevos horizontes.
En 2020, junto con el español Vicente Sánchez Migallón, impulsó la creación de Sélections Mondiales des Vins Canada, un concurso concebido para reunir en Canadá vinos procedentes de distintos países y ofrecerles una plataforma de reconocimiento internacional.
La participación de Vicente Sánchez Migallón, profesional español con una larga trayectoria en el sector vitivinícola y en la organización de iniciativas internacionales relacionadas con el vino, formó parte de aquella alianza que permitió poner en marcha el proyecto.
La iniciativa nació en un momento especialmente complicado. La pandemia y sus consecuencias plantearon enormes dificultades para los encuentros internacionales y para la organización de acontecimientos que dependían de la movilidad y de la participación de profesionales de numerosos países.
Sin embargo, Real no era un hombre que se rindiera fácilmente. Con determinación, capacidad de trabajo y un profundo conocimiento del sector, afrontó aquella etapa tan difícil y trabajó para mantener vivo el concurso.
Real Wolf asumió la presidencia de Sélections Mondiales des Vins Canada. Desde esa responsabilidad, Real continuó defendiendo la dimensión internacional del certamen y su vocación de reunir, en un mismo espacio, la diversidad y la calidad de los vinos del mundo.
Aquel proyecto representaba mucho más que una nueva competición. Era la expresión de toda una vida dedicada al vino, de las relaciones construidas durante décadas y de una convicción que siempre acompañó a Real: que el vino es una cultura universal capaz de acercar a personas de diferentes países, lenguas y tradiciones.
Y así continuó trabajando hasta que, inesperadamente, llegó el momento de su partida.
Hasta siempre, querido amigo
Hoy, al recordar a Real Wolf, no pienso únicamente en el profesional de prestigio internacional, en el organizador de concursos o en el experto que recorrió el mundo catando vinos. Pienso, sobre todo, en la persona.
En aquel hombre que me esperó en el aeropuerto de Montreal y que, al comprobar que yo no estaba preparado para el invierno canadiense, no dudó en prestarme su propia ropa. En el amigo que compartió conmigo tantos años de profesión, tantos viajes y tantas conversaciones. En alguien que entendía que, detrás de cada botella, hay una tierra, una historia, una familia y muchas horas de trabajo.
Real supo construir algo que va mucho más allá de los concursos y de las medallas: una red de amistades internacionales unidas por la pasión por el vino y por el respeto mutuo.
Hoy, Real descansa en el Jardín Celestial. Me gusta imaginarlo allí, compartiendo una copa con tantos amigos que se adelantaron en el camino, hablando de nuevas cosechas y descubriendo vinos que todavía no había tenido ocasión de probar.
Porque, si algo tengo claro, es que Real seguirá siendo fiel a sí mismo: no defenderá el vino de un solo país, sino que celebrará los vinos de todo el mundo.
Descansa en paz, querido amigo. Gracias por tu amistad, por tu generosidad y por todo lo que nos enseñaste.
Estoy seguro de que algún día volveremos a encontrarnos. Y entonces, como siempre, tendremos mucho de qué hablar y, por supuesto, muchos vinos que compartir.
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