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Palos de ciego, burocracia… y los demás conquistando mercados

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Muchos viticultores se preguntan cómo es posible que hayamos llegado a una situación en que se pague la uva a 17 céntimos el kilo

Hace aproximadamente dos años tuve ocasión de entrevistar al “gurú” de la viticultura mundial Richard Smart, un australiano de la isla de Tasmania que viene a ser con las cepas lo que Robert Parker con el vino, y me advirtió, en tono irónico y socarrón, con ese humor ácido que se gastan los anglosajones, que las siglas AOC no significan, como nosotros pensamos, Apellation d´Origin Controlé (Denominación de Origen) sino Australian Oportunities Commerce (Oportunidades Comerciales para Australia), ya que la burocracia y los palos de ciego en que se envuelven las instituciones europeas, acompañadas siempre por los gobiernos centrales y los de las Comunidades Autónomas, nos iban a llevar al caos.

Y no le faltaba razón al sabio australiano. Termina ahora la campaña 2008-2009 en casi toda Europa como el rosario de la aurora, ya que los depósitos de bodegas y cooperativas han comenzado a vaciarse gracias a que sus propietarios han tenido que malvender y casi regalar el vino que tenían almacenado si no querían recibir la actual campaña de vendimia, ya iniciada en buena parte de la geografía española merced a ese cambio climático que tanto discuten ese compendio de los siete sabios de Grecia que son Al Gore, el que se desplaza en jet privado para contribuir a frenar las emisiones de CO2 a la atmósfera, y el primo de Mariano Rajoy.

Muchos viticultores se preguntan cómo es posible que hayamos llegado a una situación en que se pague la uva a 17 céntimos el kilo cuando los ministros de Agricultura, o de lo que queda de ella, los consejeros del ramo y los grandes expertos comunitarios les habían asegurado que su problema consistía en tener variedades que el mercado no acepta, como la airén, u otras con bajo rendimiento como la garnacha y les instaron a llevar a cabo una reconversión en la que iban a recibir una ayuda del 60% y en tres años iban a vender sus nuevos frutos a “millón”. Pues bien, la realidad, que es muy terca, dice que las bodegas y cooperativas, antes empachadas de airén y garnacha, lo están ahora de chardonnay, sauvignon blanc, cabernet sauvignon, merlot y hasta petit verdot y que, años después de la reconversión, siguen recibiendo el mismo o menos dinero por una uva que en el mejor de los casos les ha llevado a estar tres años sin cosecha y les ha obligado a realizar fuertes inversiones y endeudarse, en no pocos casos, con unas entidades bancarias a las que siguen pagando su osadía empresarial impulsada por los parabienes que las autoridades les inculcaron.

Claro que Europa nunca se equivoca y rápidamente extrae consecuencias erróneas de la desgracia de los demás y dice que su política intervencionista, de la que tienen mucha culpa los propios viticultores, es la adecuada porque en aquellos lugares, como Australia, donde existe libertad de plantación han dado un paso atrás en su expansión en el último año. Pero se les olvida decir que habrá que esperar a ver si la situación se endereza o no para el gran productor del Nuevo Mundo y que hasta el último revés, el país oceánico llevaba 14 años ininterrumpidos aumentando su cuota de mercado.

Y se les olvida decir también que en Alemania, Estados Unidos y Reino Unido, sin duda los mejores mercados exteriores, la percepción de los consumidores, que en definitiva son los que mandan porque son los que compran y los que pagan, es que el vino australiano es mucho mejor que el español. Luego podemos salir con cantos triunfalistas como que España está a punto de convertirse en el primer exportador mundial en volumen, aseveración que es cierta, que hemos sobrepasado a Francia por vez primera, también cierto, y que, parodiando las frases de La Marsellesa, “le jour de gloire est arrivé” (el día de gloria ha llegado). Pero la realidad es la que es. El vino español vendió más en el exterior en 2008 gracias a la exportación de graneles, que desde hace más de diez años pierden valor campaña tras campaña, venta que en 2009 está cayendo, tanto en volumen como en valor de forma estrepitosa, según los datos que ofrece el Observatorio Español del Mercado del Vino (OEMV).

La Unión Europea está acostumbrada a legislar desde los despachos de la fría Bruselas sin tener ni pajolera idea de lo que ocurre en el campo ni en los intercambios comerciales. De esta guisa sale con chorradas como la de mezclar vinos tintos y blancos para supuestamente valorizar el rosado, cuando lo que iba camino de conseguirse son aquellos infames claretes del franquismo cuyo mejor destino, tras pedir, por supuesto, perdón a las ratas, sería el fondo de las alcantarillas.

Ha mantenido contra viento y marea el sistema de compra de derechos y ha legislado contra las plantaciones ilegales, porque la ley es la ley, que se van a llevar por delante algunos de los mejores vinos de España, varios de ellos con puntuaciones superiores a 94 puntos Parker en su edición 2009.

Ha permitido que las denominaciones de origen y las indicaciones geográficas, con honrosas excepciones, que las hay, pongan normas y más normas que a lo único que han llevado es a constreñir la libertad de comercio y ha permitido que los mismos que han apoyado las normas, especialmente en duración de crianza de los vinos, se las salten a la torera cuando les conviene. Qué nos digan si no por qué existen grandes reservas de mediados de los 90 que mantienen aún rebordes azulados ¿será que los bodegueros acogidos a esas denominaciones de origen han entendido que el vino de refresco es del 85% y no del 15% como marcan las normas?

Se ha bajado los pantalones ante sus colegas de Sanidad quienes, sin el apoyo de la comunidad científica, han iniciado una cruzada prohibicionista y con tintes talibanes que están haciendo resonar las carcajadas desde California a Merlbourne, pasando por Santiago de Chile y Mendoza, con la complicidad de ese par de personajes del papel couché llamados Nicolás Sarkozy y Carla Bruni.

En definitiva, hoy más que nunca resulta necesario que las distintas administraciones españolas debatan con el sector cuál es el camino que desean seguir y lo defiendan en Bruselas a capa y espada, que cada uno, incluidos los viticultores, que también son culpables de muchos de estos desaguisados, asuman sus errores y aprendan de ellos y que la Estrategia del Vino, impulsada por el otrora Ministerio de Agricultura, sirva para algo más que hacerse la foto.

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