La reestructuración de PepsiCo en España: ¿Un espejo de la crisis distributiva que afecta también al vino?
La confirmación del cierre definitivo de centros de distribución de PepsiCo en España, con el desmantelamiento de su red directa en regiones clave y el despido de cientos de trabajadores, ha enviado un shockwave a través del sector de la alimentación y bebidas. Más allá de la noticia corporativa, este movimiento es un síntoma revelador de las profundas tensiones estructurales que sufre el modelo de distribución en España, un problema que el sector vitivinícola conoce demasiado bien y que condiciona su rentabilidad y su acceso al mercado.
El caso concreto: lo que anuncia PepsiCo
Según las últimas informaciones, PepsiCo ha decidido cerrar sus centros logísticos de distribución directa en municipios como San Sebastián de los Reyes (Madrid) y Sant Fruitós de Bages (Cataluña), externalizando estas operaciones a grandes operadores logísticos multisectoriales. Esta decisión, enmarcada en un plan de reestructuración global para recortar costes, implica despidos colectivos que afectan a cientos de empleados y representa un cambio de modelo: de una distribución propia y dedicada a una externalizada y compartida.
El paralelismo con el mundo del vino: un ecosistema bajo presión
Aunque la escala es distinta, la lógica que impulsa esta decisión resuena con fuerza en los pasillos de las bodegas y distribuidoras vinícolas españolas. El cierre de la red de PepsiCo pone de relieve los mismos nudos gordianos que estrangulan la cadena de valor del vino:
1. La asfixia de los costes logísticos: El transporte en España, con su orografía y su red de peajes, es un lastre. Para una multinacional con márgenes ajustados en bebidas, mantener una flota propia se vuelve insostenible. Para una bodega familiar de Ribeira Sacra o Jerez, el coste de llevar sus botellas a un distribuidor nacional, y de ahí a un supermercado en Gerona, puede llegar a ser prohibitivo, devorando hasta el 30-40% del precio final al consumidor.
2. El poder absoluto de los grandes canales y la fragilidad del pequeño comercio: La decisión de PepsiCo deja en evidencia la insostenibilidad de servir directamente a la pequeña hostelería y comercio con una estructura propia. Esto refleja exactamente el dilema del vino: los supermercados (gran retail) ejercen una presión brutal sobre los precios y los plazos de pago, mientras que el canal hostelero –vital para vinos de calidad– es caro de atender por su dispersión y pedidos pequeños. La externalización de PepsiCo puede traducirse, en la práctica, en un peor servicio y surtido para el bar de barrio. ¿Cuántas distribuidoras de vino han quebrado por intentar mantener un servicio personalizado con márgenes imposibles?
3. La búsqueda desesperada de eficiencia y escala: PepsiCo opta por los grandes operadores logísticos porque mueven volúmenes de muchas marcas, optimizando rutas y costes. En el vino, esta lógica se traduce en la creciente concentración en pocas manos. Grandes mayoristas y distribuidores nacionales absorben a los más pequeños, buscando esa escala. Para la bodega, esto puede significar perder negociación, identidad y espacio en el camión frente a las marcas con mayor rotación.
4. La barrera para la creación de valor y marca: El modelo de distribución masivo y ultra-eficiente (al que tiende PepsiCo) está diseñado para productos de consumo rápido y alta rotación. El vino, especialmente el de calidad, no es solo un producto, es una historia. Este sistema dificulta que las narrativas de terruño, enología y sostenibilidad lleguen al consumidor final. La botella se convierte en un simple SKU (código de barras) más en un estante o en una lista de un mayorista.
Implicaciones para el vino: riesgos y oportunidades
Esta reestructuración de un gigante sirve de advertencia y de acicate para el sector vinícola:
· Riesgo: Que la distribución se concentre aún más en operadores genéricos, ahogando la diversidad y penalizando a las pequeñas bodegas con producciones limitadas pero de alto valor.
· Oportunidad: La crisis del modelo tradicional puede acelerar soluciones innovadoras que el vino lleva años explorando tímidamente:
· Distribuidores «curator» o especializados: Agentes que no muevan mercancía, sino que representen marcas con una narrativa, dirigidas a canales de gama alta.
· Cooperativas logísticas entre bodegas: Agruparse para compartir costes de transporte y almacenaje, manteniendo su independencia comercial.
· Reforma legal para el comercio directo: Presionar para facilitar la venta online y el envío directo al consumidor (DTC) entre comunidades autónomas, reduciendo la dependencia del intermediario tradicional.
· Fortalecimiento de la ventaja premium: Invertir en la calidad y la autenticidad como el mejor antídoto contra la commoditización que impone la distribución masiva.
Un punto de inflexión
El cierre de los centros de PepsiCo no es una noticia aislada del sector de los refrescos. Es la punta del iceberg de un cambio de era en la distribución en España. Para el vino, un producto cuya esencia es la diversidad, la identidad y el valor cultural, este entorno supone un desafío existencial.
La respuesta no puede ser esperar. El sector debe aprender de lo que le ocurre a los gigantes y acelerar su propia transformación, buscando modelos de distribución ágiles, especializados y digitales que permitan que la riqueza de sus más de 4.000 bodegas llegue al mercado conservando su valor, su historia y su margen. El futuro no está en luchar por un espacio en el camión logístico de un operador multisectorial, sino en construir caminos propios, inteligentes y sostenibles hacia el consumidor.
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