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El colateral inesperado de la guerra comercial: el mundo reclama su espacio en las estanterías de Canadá

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La drástica retirada de los vinos y espíritus estadounidenses de Canadá ha dejado un vacío de mil millones de dólares en los mercados. Un agujero negro comercial que, de la noche a la mañana, ha reconfigurado el paisaje de las tiendas de licores y las cartas de los restaurantes. En este nuevo escenario forjado por los aranceles, una pregunta surge con fuerza: ¿quién llenará el espacio que antes ocupaban el Cabernet de California y el bourbon de Kentucky?

La respuesta está dibujando un mapa vinícola más diverso y global sobre las estanterías canadienses. La desaparición forzosa de EE.UU. ha actuado como un disruptor sin precedentes, abriendo compuertas que durante años estuvieron parcialmente cerradas por la hegemonía de un vecino poderoso y cercano. De repente, sumilleres en Toronto, importadores en Vancouver y compradores de la Liquor Control Board of Ontario (LCBO) se han visto obligados a buscar más allá de las fronteras norteamericanas.

Italia ha sido una de las primeras en percibir el viento a favor. Alessandro Pasqua, de Pasqua Wines, lo expresa sin ambages: «Creemos que los aranceles son una amenaza, pero también una oportunidad. Los vinos de calidad tienen la posibilidad de ganar más visibilidad en esta crisis». Este sentimiento resuena desde Piamonte hasta Sicilia. Las etiquetas italianas, que siempre mantuvieron una presencia respetable, ahora compiten por los espacios premium que dejaron vacantes los Napa Valley. No se trata solo de reemplazar volumen, sino de capturar la atención de un consumidor educado que ahora explora por necesidad.

Pero la verdadera sorpresa puede estar llegando desde fuera del circuito tradicional europeo. En restaurantes como el Harbour Sixty de Toronto, el sumiller Christian Hamel está guiando a clientes acostumbrados a los Cabernet californianos hacia territorios inexplorados. «Recientemente conseguí que un bebedor de Cabernet de California probara algo de China», comenta, revelando una apertura que habría sido impensable hace dos años. Las regiones emergentes —desde los tintos estructurados del norte de China hasta los blends sofisticados de Uruguay— encuentran por fin una audiencia receptiva, no como curiosidades exóticas, sino como alternativas serias.

El propio mercado canadiense está viviendo un renacimiento. Con campañas agresivas que instan a «beber local», los vinos de Ontario, Columbia Británica y Quebec han visto aumentar sus ventas de manera espectacular. Nicole Campbell, de Grape Witches en Toronto, constata que «nunca había vendido más vino canadiense» que durante las catas navideñas de 2025. Este patriotismo de copa ha servido como un colchón, pero también ha educado al paladar local sobre la diversidad dentro de su propio país, desde los Chardonnay minerales de Prince Edward County hasta los Pinot Noir elegantes de Okanagan.

Sin embargo, la transición no es mecánica. Harris Davidson, importador de marcas californianas de lujo, advierte: «Vemos a la gente migrar a otras categorías, pero no hay un sustituto uno a uno». El consumidor que buscaba el perfil específico de un Zinfandel de Sonoma o la potencia de un bourbon de Kentucky no encuentra un reemplazo exacto en un Rioja o un whisky escocés. Esta brecha organoléptica está forzando a los importadores a una creatividad sin precedentes, componiendo portfolios que mezclen regiones para cubrir espectros de sabor, no para imitar lo perdido.

El cambio es más profundo a nivel logístico. Los importadores canadienses, quemados por la experiencia de ver su stock estadounidense confiscado de la noche a la mañana, están diversificando riesgos. Ya no depositan su futuro en un solo país o región. Están tejiendo redes más amplias y resilientes, con proveedores en Sudáfrica, Argentina, Australia y Europa del Este. Esta diversificación geográfica, nacida de la precaución, está enriqueciendo la oferta final de manera estructural.

El camino que se abre es, por tanto, dual. Por un lado, una ventana de oportunidad para regiones vinícolas del mundo que ansiaban una mayor cuota en uno de los mercados más ricos y educados del planeta. Por otro, una prueba de fuego para la lealtad del consumidor canadiense y su disposición a reescribir sus hábitos de consumo. La pregunta que queda en el aire es si este nuevo mapa multipolar perdurará cuando, eventualmente, los vinos estadounidenses regresen. Muchos analistas creen que no se volverá al status quo. El paladar canadiense se ha expandido, y las estanterías han descubierto una rentabilidad en la diversidad que difícilmente olvidarán.

La ironía final de esta guerra comercial podría ser, precisamente, la globalización acelerada del mercado canadiense del vino. Mientras los gobiernos de EE.UU. y Canadá libran una batalla de aranceles con la intención de proteger sus intereses nacionales, el efecto colateral ha sido abrir las puertas de par en par a la competencia mundial. Un giro inesperado donde el proteccionismo ha terminado fomentando, sin querer, un panorama más cosmopolita en cada copa servida al norte de la frontera.

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