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La OMS presiona por una fiscalidad más dura: ¿Debe el vino pagar los platos rotos de la salud pública?

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En un nuevo informe que ha agitado al sector vitivinícola mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) renovó el 13 de enero su ofensiva para que los gobiernos aumenten drásticamente los impuestos sobre las bebidas alcohólicas, describiéndolas como una de las principales amenazas prevenibles para la salud global. Esta recomendación, que no distingue entre destilados, cerveza y vino, ha reavivado un viejo debate: la necesidad de desvincular al vino de la política fiscal contra el alcohol.

Un llamado global con efectos locales

El documento de la OMS, dirigido a sus 194 estados miembros, es contundente: considera que los impuestos específicos al alcohol son «una de las herramientas más costo-efectivas» para reducir su consumo nocivo, prevenir enfermedades no transmisibles y recaudar fondos para los sistemas de salud. La institución argumenta con estudios que demuestran cómo el aumento de precios vía impuestos disuade el consumo, especialmente entre los jóvenes y los bebedores de riesgo.

Sin embargo, el informe tropieza con una realidad compleja. La industria del vino europea, y en particular la francesa, española e italiana, lleva años alertando sobre el riesgo de un enfoque homogéneo. Agrupar el vino –una bebida culturalmente arraigada, con un patrón de consumo tradicionalmente moderado y vinculado a la dieta mediterráneaen la misma bolsa fiscal que los destilados de alta graduación, es, a su juicio, un error de base.

La batalla narrativa: cultura vs. salud pública

Este no es un debate nuevo, pero la presión de la OMS le da una urgencia renovada. Como bien se ha señalado en análisis previos en esta misma publicación, la estrategia de agrupar al vino bajo el paraguas genérico de «bebidas alcohólicas» o «espirituosas» (término marketiniano que engloba todo) es una deriva peligrosa. Equipara realidades socioeconómicas y de consumo radicalmente diferentes.

La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) y numerosas interprofesiones nacionales sostienen que el vino debe ser tratado como un caso aparte. Su argumento se basa en tres pilares:

1. El modelo cultural: El vino se consume predominantemente con alimentos, en contextos sociales y familiares, lo que modera su ingesta.
2. La evidencia científica paradójica: Aunque el alcohol es un carcinógeno reconocido, numerosos estudios epidemiológicos también han asociado un consumo moderado de vino, particularmente tinto, con beneficios cardiovasculares (la «paradoja francesa»). La OMS, sin embargo, minimiza estos hallazgos al priorizar el mensaje de que «no existe un nivel seguro de consumo».
3. El impacto económico y territorial: El viñedo es un pilar de la economía rural, el turismo y la identidad de miles de regiones. Una fiscalidad punitiva podría estrangular un sector que es sinónimo de paisaje, empleo y tejido social.

El riesgo de un efecto contraproducente

Los críticos de la postura de la OMS advierten de posibles efectos no deseados. Un aumento generalizado de impuestos podría:

· Fomentar el consumo ilegal o de baja calidad, con riesgos sanitarios aún mayores.
· Penalizar al consumidor responsable que disfruta de una copa de vino de calidad, sin generar un cambio significativo en el bebedor problemático, cuyo patrón de consumo es menos sensible al precio.
· Debilitar irreversiblemente el tejido productivo, especialmente el de las pequeñas bodegas familiares, menos capaces de absorber los costes.

La alternativa: educación y moderación

Frente al garrote fiscal, el sector propone reforzar la educación en el consumo responsable y promover los patrones mediterráneos de consumo. Muchas DOPs y bodegas ya invierten en campañas que enfatizan la moderación, el acompañamiento con comida y la degustación frente al mero consumo.

La Comisión Europea, atrapada entre las directrices de salud pública y la defensa de un sector agrícola clave, ha mantenido hasta ahora una posición cautelosa, dejando la política fiscal en manos de los estados miembros. Pero la presión de la OMS podría inclinar la balanza.

Un debate con profundo calado

La ofensiva fiscal de la OMS sitúa al vino en una encrucijada existencial. La cuestión de fondo es si la política sanitaria del siglo XXI debe basarse en la distinción entre patrones de consumo y tipos de bebidas, o en una simplificación pragmática que priorice el mensaje de «cero alcohol».

Mientras la OMS ve un instrumento eficaz para salvar vidas, el sector vitivinícola ve la potencial destrucción de un patrimonio milenario y un pilar económico. Encontrar un punto de equilibrio que proteja la salud pública sin aniquilar la cultura del vino será uno de los grandes desafíos políticos para los gobiernos productores en los próximos años. La batalla, lejos de amainar, acaba de recrudecerse.

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