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La sostenibilidad en el vino: cuando el poder de las personas define el futuro del sector

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En la industria vitivinícola global, la sostenibilidad ha transitado de ser un simple eslogan de marketing a convertirse en un pilar estratégico impulsado por un factor clave: la capacidad de empoderar a las personas y dotar de significado profundo su labor. Lejos de ser una imposición burocrática o una tendencia pasajera, las iniciativas ecológicas más exitosas son aquellas que logran conectar con los equipos humanos, convirtiendo la responsabilidad ambiental en un propósito colectivo y tangible.

De la obligación a la inspiración: el cambio de paradigma

Durante años, la sostenibilidad se enfrentó a una barrera de percepción: podía ser vista como un costo adicional, un trámite regulatorio o incluso un ejercicio de “greenwashing”. El gran giro, según se observa en bodegas pioneras desde California hasta Champagne, ha sido transformarla en una narrativa de empoderamiento, orgullo y resultados visibles.

Como señaló Franck Delval, de Vranken Pommery, la clave está en “predicar con el ejemplo, ser transparentes y mantener la coherencia”. No se trata de dictar normas desde la dirección, sino de involucrar a cada eslabón de la cadena —desde el viñedo hasta la sala de ventas— en un proyecto común. En Champagne Canard-Duchêne, por ejemplo, este enfoque ha servido para “estimular a todo el personal interno en torno a un proyecto colectivo”, creando una visión compartida que trasciende las tareas diarias.

El motor del cambio: empoderar desde la base

El caso del Lanchester Group en el Reino Unido es emblemático. Su CEO, Tony Cleary, destacó cómo el equipo de almacén de su planta de embotellado Greencroft impulsó por iniciativa propia una tasa de reciclaje del 92%, superando objetivos y compartiendo mejores prácticas. “Cuando los colegas ven que la sostenibilidad ofrece resultados tangibles —ahorro de costes, mejoras operativas, un negocio más fuerte— se suben al barco”, explicó Cleary.

Este fenómeno se repite en distintas latitudes. En Estados Unidos, la asociación California Sustainable Winegrowing Alliance reporta que más del 80% de los viñedos y bodegas del estado participan voluntariamente en su programa, no por mandato legal, sino porque los trabajadores y enólogos encuentran en estos protocolos una herramienta para mejorar la calidad del vino y la salud del ecosistema que consideran propio.

Comunicación clara y beneficios concretos: La fórmula del compromiso

La teoría abstracta sobre huella de carbono o biodiversidad falla cuando no se traduce a la realidad cotidiana. Michael Isnardi, director de Sostenibilidad de Argea, lo resume así: “La gente se interesa cuando la sostenibilidad se vuelve tangible y relevante para su experiencia diaria”.

Bodegas como Bodegas Ysios en Rioja o Muriel Wines han logrado este vínculo vinculando prácticas sostenibles —como la recuperación de variedades autóctonas o el uso de energías renovables— directamente a la identidad y calidad del vino. Los equipos no solo “cumplen un protocolo”, sino que preservan un legado y protegen un terruño del que se sienten custodios.

Tecnología y tradición: Un binomio con sentido

La innovación tecnológica también juega un papel habilitador. Sensores de humedad que optimizan el riego, fermentadores de menor consumo energético o software que traza la cadena de suministro no son impuestos fríos, sino herramientas que liberan a los viticultores y enólogos para tomar decisiones más informadas y creativas. Como indica un informe reciente de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), la digitalización, cuando se implementa con formación adecuada, aumenta la autonomía y el sentido de logro de los trabajadores.

Más allá de la bodega: El consumidor como aliado

Este empoderamiento interno irradia hacia el mercado. Un equipo que cree en lo que hace comunica con autenticidad. El movimiento hacia etiquetas más transparentes —como la nueva legislación californiana que exige el 100% de uvas estadounidenses en vinos “americanos”— responde también a esta demanda de coherencia. El consumidor, cada vez más informado, premia a aquellas marcas cuya sostenibilidad no es una capa superficial, sino el reflejo de una cultura corporativa profunda.

La sostenibilidad en el vino ha dejado de ser una carga para convertirse en una de las fuentes más poderosas de engagement y retención de talento. Ofrece algo que trasciende el salario: la oportunidad de ser parte de una solución global, de cuidar un territorio específico y de elaborar un producto con una historia de respeto.

Como reflexionaba Jérôme Durand de Canard-Duchêne, cuando el enfoque ambiental es “sincero, coherente y convincente”, adquiere su pleno significado. Ese significado es, en última instancia, lo que mueve a las personas. Y son las personas, empoderadas y convencidas, las que están llevando a la industria vitivinícola hacia un futuro no solo más verde, sino más resiliente, innovador y humano.

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